
Soy abogado y me dedico a la política, mi gran pasión. En la actualidad soy presidente provincial del Partido Popular y presidente de la Diputación de Málaga, ciudad en la que resido con mi mujer y mis dos hijos. Te invito a reflexionar conmigo sobre el futuro, la política y la transformación social.

Una de las subidas más emblemáticas del Tour de Francia es el puerto pirenaico del Tourmalet, una cima mítica y cargada de historias que fue capaz de encumbrar a Eddy Merckx en 1969 tras arañar ocho minutos a su inmediato rival. Esa montaña desafía al cuerpo humano, lo pone al límite y socava la la resistencia de cualquier deportista gracias a una combinación mortífera de más de mil metros de desnivel acumulado y pendientes que superan el 10%. Alcanzarlo es una proeza, sobre todo porque pocos hombres han sido capaces de lograrlo sin acusar de ‘asesinos’ a los organizadores, como le ocurrió al primer corredor francés que juró en 1910 no volver a recorrer el ‘camino del mal retorno’, su denominación en lengua gascona.
Para alcanzar un puerto de categoría especial hace falta una preparación excepcional, mucha determinación y un objetivo: llegar a la meta a toda costa, aunque arriba solo nos espere la soledad más absoluta acompañada de una profunda y gratificante sensación de victoria. Es el mismo sentimiento que invade a los alpinistas cuando hacen cumbre en la Maroma, la satisfación de un navegante que atraviesa Alborán con temporal de levante o la emoción del que concluye a tiempo los 101 kilómetros de Ronda. Son hombres excepcionales que superan circunstancias excepcionales.
Pese a todo, no hay nada más extraordinario que aquello que no puedes controlar y que se escapa a nuestro entendimiento porque no es posible medir su pendiente, calcular su altura o ni tansiquiera imaginar la fuerza con la que azotará la embarcación. Nuestro país se enfrenta a una de las etapas más duras de su historia con una carta de navegación que fija el rumbo hacia la recuperación y el crecimiento, aunque el camino se antoja difícil y no podamos pronosticar con certeza cómo ni cuándo llegaremos a puerto; ese fue el programa con el que el Partido Popular asumió el Gobierno de España y con esa hoja de ruta trabajamos a diario confiados en que tanto sacrificio tendrá su recompensa. Y esta cima no se puede alcanzar en solitario, sino trabajando en equipo, que es el único modo de lograr las grandes gestas y vivir para contarlo.
El Partido Popular se presentó a las elecciones con un contrato de futuro, con postulados coherentes, realistas y cargados de responsabilidad. Su determinación sigue intacta y también el objetivo que articuló la campaña y movilizó a millones de españoles en torno a una causa común: volver a generar empleo y devolver a la sociedad un protagonismo que ahora reivindica a diario. En seis meses nuestros postulados no han variado un ápice; perseguimos la ansiada recuperación y tendemos lazos con la sociedad a pesar de que nuestras medidas causen a corto plazo un malestar comprensible.
Los ajustes son imprescindibles en la medida en que nos jugamos el porvenir de nuestros hijos y también el de nuestros nietos. No hay alternativa para garantizar el estado del bienestar y asegurar el futuro de nuestro país si antes no somos capaces de corregirun sistema defectuoso en el que hemos estado cómodamente instalados durante más de una década. La vida nos ha pasado factura y ha llegado el momento de diseñar un nuevo modelo administrativo que nos preste el servicio adecuado, nos atienda cuando sea necesario y sepa permanecer en un segundo plano para devolverle el protagonismo absoluto a la sociedad, todo ello sin duplicar competencias, que es el principio fundamental de la profunda remodelación emprendida por el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy.
Con cierta torpeza, demasiado partidismo y medidas cortoplacistas hemos dejado que la elefantiasis se apodere de la Administración pública mientras las extremidades asentadas en los gobiernos locales, autonómicos y central crecían sin control devorando recursos y dilapidando nuestro mejor patrimonio: la economía. Por eso es tan importante ponerle freno a esta espiral, por ese motivo se adoptan medidas que a nadie agrada y por esa razón el Partido Popular se despega puntualmente de un programa de gobierno concebido en una coyuntura radicalmente distinta a la que nos encontramos hoy en día.
La solución, desde luego, no pasa por sembrar barricadas en Despeñaperros, como sugiere algún dirigente de IU, o por encabezar manifestaciones criticando las mismas medidas que luego aplica el Partido Socialista, sino por que las comunidades autónomas asuman su responsabilidad, los ayuntamientos se aprieten el cinturón y el Estado central prosiga en su línea de racionalizar el gasto.
También saldremos del túnel cuando los gerentes públicos entiendan que debemos alentar la iniciativa privada, propiciar su desarrollo y dejar que sea el propio mercado el que indique las líneas de crecimiento del mismo modo que un río encuentra su cauce por mucho que nos entusiasme encontrarle soluciones alternativas con presas o embovedados.
Más sociedad y menos administración. Esta es nuestra apuesta y también la fórmula de futuro para un país que está a punto de alcanzar el Tourmalet gracias a un titánico trabajo de equipo, haber engrasado la maquinaria y un corredor de fondo que no entiende de metas volantes sino de victorias definitivas. Y esa será la de la sociedad española cuando recupere el protagonismo que nunca debía haber perdido.