
Soy abogado y me dedico a la política, mi gran pasión. En la actualidad soy presidente provincial del Partido Popular y presidente de la Diputación de Málaga, ciudad en la que resido con mi mujer y mis dos hijos. Te invito a reflexionar conmigo sobre el futuro, la política y la transformación social.

A menudo insisto en la idea de dignificar la política para volver a situarla en un nivel donde podamos juzgarla sin caer en generalizaciones ni aplaudamos tampoco su actividad con la ceguera que recorre el mundo en torno a ciertas figuras populistas. Hoy parece que la política es víctima de ese vaivén donde pesa más el odio que el afecto y es relativamente fácil pasar de uno al otro sin tiempo a reflexionar qué conduce al cambio ni qué impulsa movimientos tan antagónicos.
Uno de los principales problemas radica en coger la parte por el todo y tomar como referencia un comportamiento nada ejemplarizante y del todo vergonzante para concluir que los políticos son unos corruptos. Por supuesto que hay ovejas negras y sus fechorías hacen tanto daño que es fácil pensar que el rebaño estaba compinchado y el pastor, un cómplice necesario. Pero los delincuentes no necesitan colaboradores cuando su interés sobrepasa la vergüenza y la ambición rompe el techo de la honestidad.
En los partídos políticos se cuelan a veces personajes cuya trayectoria vital dinamita la imagen de una profesión y hace tanto daño que es capaz de poner en duda la utilidad de un colectivo mayoritariamente honrado y vocacional. La evolución de PP y PSOE en este país nos muestra la confianza que el ciudano tiene sobre nuestra gestión y también que tienen motivos suficientes para seguir confiando en nosotros. España ha alejado la sombra del rescate gracias a la contundencia de Mariano Rajoy al aplicar una reforma económica de calado y nuestro país saldrá de la crisis gracias al esfuerzo de todos, ciudadanos y políticos de cualquier signo.
Anomalías como la del exgerente del PP o el posible enjuiciamiento del exministro José Blanco por el ‘caso Campeón’ no puede conducirnos a juzgar por igual a toda la clase política. Ni uno ni otro son ejemplo de la integridad que impera entre los que nos dedicamos al servicio público ni sería justo etiquetarlo como patrón del comportamiento de PP o PSOE, respectivamente. Las generalizaciones son peligrosas y en política, mucho más

Alcanzar la igualdad empieza por ser iguales en oportunidades y ventajas. Iguales también en alternativas y posibilidades. Iguales, sobre todo, para elegir nuestro futuro y hacerlo sobre una abanico idéntico de opciones que nos garanticen una recompensa que no entienda de sexos, sino de personas.
Los críos juguetean en el recreo, forman equipos y viven felizmente despreocupados porque que no imaginan que su compañero de balón pueda llegar más lejos solo por el hecho de que juegue al regate con pantalón en lugar de con falda. No conciben un muro que los separe ni entenderían que esa distancia se abra como una pirámide invertida a medida que crecen, porque el germen de la igualdad se inocula al nacer y resulta imposible desactivarlo salvo que se someta al individuo a un profundo lavado de cerebro.
Pero aún siendo iguales, y comprendiendo que lo somos, la realidad nos sacude con estadísticas demoledoras acerca de un espacio que ganamos al nacer y parece que se nos escapa en la madurez. Si fuimos de la mano al principio no podemos despegarnos ahora del futuro de un sexo que tiene el mismo derecho que nosotros a alcanzar sus metas, a cumplir sus objetivos y realizarse tanto personal como profesionalmente.
Por eso el hombre no puede permanecer impasible ante esta situación y se espera de nosotros un esfuerzo adicional por alcanzar la igualdad real, efectiva y sin diferencias. Si trabajamos juntos por lograr esa meta no habrá obstáculo que se nos resista, sobre todo en un escenario vital donde el mercado laboral castiga a la mujer sin justificación aparente mientras el hombre consolida posiciones a costa del hueco al que renunciaron las féminas.
Somos iguales ante la vida, ante los problemas, ante los retos y también debemos ser iguales ante las oportunidades. Ésta es la cruzada que presenta la mujer el 8 de marzo al reivindicar su papel en la sociedad y esta es la batalla que debe lidiar el hombre los 364 días restantes. No hay otro camino.
Que las personas están por delante de la política es algo de sentido común. Pero si un candidato presidencial reivindica esta idea ante los cincuenta y seis millones de electores que lo han llevado a acariciar el despacho oval, entonces estamos ante un claro problema de geometría espacial. En su discurso de admisión de la derrota Mitt Romney animó a demócratas y republicanos a trabajar juntos para devolver a la sociedad el protagonismo perdido, consciente ya de que el triunfo de Barak Obama lo había sentado de un plumazo en la bancada popular. Para proclamar esa idea no es necesario perder unas elecciones y tampoco ganarlas, tan solo hace falta poner un pie a tierra y dejar que te sacuda la realidad con toda su crudeza. Al reivindicar el papel de la gente, Romney ha hecho extensivo el llamamiento a los políticos de cualquier nivel de administración porque es ahí donde se adoptan las medidas, se toman decisiones y se aplican fórmulas que contribuyen a reactivar la economía y mitigar el descontento social. Por eso el nuevo modelo de administración debe centrar su esfuerzo en las personas y orientar toda su energía hacia esa gran masa social que situó a los gobernantes en el lugar que ahora ocupan. Hay que mostrar cintura con los problemas, ofrecer soluciones como el pacto PP-PSOE por los desahucios, ser sensibles con las necesidades y articular programas que permitan paliar los daños que ocasiona una crisis económica tan corrosiva y virulenta. La sociedad avanza a una velocidad endiablada y la administración tiene que cogerle el paso hasta que caminemos juntos en perfecta sincronía. Si las dificultades se agravan, demos una respuesta inmediata. Si detectamos un fallo en el sistema, corrijamos a tiempo la deriva. Si la economía se reactiva, alentemos el crecimiento sin caer en el intervencionismo. Lo importante, en definitiva, es adecuar el sistema a la población y no la población al sistema. Solo así saldremos del atolladero político y volveremos a situar cada pieza en el lugar que le corresponde.
Foto: Toni L. Sandys / The Washington Post

La política no es una alternativa, es una elección. El que entienda esta actividad como una salida profesional de por vida, confortable y placentera se equivoca de lleno. También se confunden los que entran en esto de rebote con la esperanza de que la política les garantice un buen futuro al resguardo de cualquier institución desde la que irrumpir con la juventud, asentarse en la madurez y echar el resto en la vejez.
La política no garantiza ningún futuro. La política se vive, se sufre y también se disfruta porque no conozco una actividad profesional que te llene hasta colmar tus aspiraciones o te vacíe hasta verte obligado a replantear la existencia. Dedicarse a esto debe ser una elección equivalente a la que realiza un MIR cuando orienta su carrera hacia la pediatría o la de un abogado que se decanta por el complejo entramado de la normativa urbanística. Son opciones vitales que conducen al máximo desarrollo personal, que requieren una preparación previa y cuya pericia se adquiere ejerciendo.
En política también puedes morir envenenado por la vanidad, tentado por el afán de protagonismo o corrompido por los estímulos que se cruzan en tu trayectoria y cuyo empuje es directamente proporcional a la debilidad de espíritu del interesado. En esta hoguera arden también los que persiguen el éxito a corto plazo, aquellos que buscan la notoriedad momentánea e incluso los que se desmarcan del discurso oficial dinamitando cualquier estrategia de partido y liderando un proyecto en solitario sin asiento ideológico que lo respalde.
Uno de las cuestiones más controvertidas es la formación y la tendencia a atrincherarse en el coche oficial sin haber catado siquiera las mieles del sector privado. Es ahí donde la política tiene que avanzar hasta lograr un modelo donde triunfen los más cualificados, los mejor preparados y los que dominen con soltura el entramado de la administración, el ordenamiento jurídico y la economía. Dignificar esta profesión pasa por reconocer los errores, corregir sus fallos y pulir su esencia hasta despojarla de los mitos que la envuelven y la aprensión que genera.
Sujetos a una presión extraordinaria y aleccionados por el clamor popular que reclama transparencia, ejemplaridad y coherencia en las decisiones, la clase política se encamina a un futuro incierto donde se cuestiona, incluso, su propia existencia. En este escenario plantear un acercamiento a la ciudadanía se antoja bastante difícil, pero no imposible. Olvidan los ciudadanos que somos meros catalizadores de sus demandas y que este trabajo perdería cualquier sentido si se desvanece su apoyo.
Por eso reivindico la esencia de la política como una labor orientada al servicio público, enfocada hacia la gestión responsable de los recursos, dirigida a la defensa a ultranza de los intereses generales y preocupada por el futuro de la comunidad. De profesión, político.
Publicado en Málaga Hoy el 28 de octubre de 2012